Miércoles 12 de Diciembre/21:00 hs
EDICIÓN IMPRESA

Un siglo de vida entre Portugal y Alta Gracia

El sábado, Rogelio cumple 100 años. El recuerdo de su tiempo en Argentina, luego de emigrar de Portugal.

Por Stefanía Tomalino
De Nuestra Redacción

En el fondo de la óptica Moreira Enrri, Rogelio se sienta en una de las butacas que su nieta Laura usa para realizar las mediciones ópticas de los clientes que llegan día tras día al negocio. Se acomoda con paciencia la montura de esos anteojos que usa, de vez en cuando. Fija la vista, perdida entre un punto indefinido del techo blanco y viaja en el tiempo. Viaja a 1935, al 7 de diciembre, cuando con 16 años, embarcó con su madre y dos de sus tres hermanos, para separarse para siempre de su tierra natal, Verdoejo, cerca de Valença do Minho, en Portugal. Rogelio Moreira Gonçalvez nunca perdió su acento, medio españolizado, y a pesar de que este sábado 8 de diciembre cumple 100 años, se nota a la legua que tampoco perdió sus recuerdos. “Pasé mi cumpleaños en el barco. Me acuerdo que el viaje fue horrible. Me la pasé descompuesto. Hasta el día de hoy, cuando viajo en auto, sino manejo yo, me descompongo. Por suerte, ahora puedo tomar algún remedio que me pasa el malestar. Pero hace 90 años, eso no había”. Rogelio, su madre y sus hermanos, llegaron en la víspera de Navidad para reunirse aquí junto a su padre y otro de sus hermanos, que habían viajado antes, buscando nuevas oportunidades. 

Se instalaron en Buenos Aires, y mientras su hermano mayor trabajaba en una farmacia, él lo hizo en una droguería. Con 18 años, en la fiesta de casamiento de un amigo, conoció a Magdalena Enri. En 1942, los que se casaron fueron ellos. Ella, era óptica al igual que su padre. En Villa Ballester abrieron un negocio del rubro, y allí pasaron los primeros años de su matrimonio. El padre de Magdalena, un enamorado de Córdoba y sus sierras, compró una finca cerca de Alta Gracia llamada “Inti Huasi”, a donde la familia completa pasaba los veranos y las vacaciones. “Viajábamos en un Ford 41. Me enamoré de Alta Gracia, la primera vez que la vi, tenía un encanto de pueblo muy bonito, pero a Magdalena tuve que convencerla. A ella, mucho no le gustaba. Era más de las ciudades grandes, el bullicio y la gente. Alta Gracia era un pueblo en aquellos años y yo había notado que no había ópticas. Entonces un día le dije ‘cerremos el negocio, carguemos los equipos y vamos a ver qué pasa’. Así fue que llegamos acá”. 

En 1954, el matrimonio finalmente abrió su local comercial, que el próximo año cumplirá su 65º aniversario. El lugar elegido fue un local en donde hoy funciona un comercio de comidas rápidas de un supermercado. “Al final… no fuimos los primeros. Faur ya tenía abierto su negocio”. Cualquiera pensaría que la competencia en el rubro habría matado cualquier tipo de relación, pero no fue así. De hecho, se convirtieron en grandes amigos. “Me terminó vendiendo el local para abrir otra sucursal”, recuerda Rogelio. 

Su vínculo con la vida social de Alta Gracia fue creciendo con los años, y participó activamente en el Centro de Comercio, que hasta le ofreció viajar de regreso a su Portugal natal. “Me iban a pagar un pasaje, pero en ese momento no teníamos para poder pagar otro para mi esposa y no quise viajar sólo… ¿qué iba a hacer yo sólo allá, después de tanto tiempo? Nunca más volví”.

Hasta el día de hoy, Rogelio va a la óptica todos los días. “Él viene siempre, a la mañana y a la tarde. Mira tele, le ayuda a mi papá alcanzándole cosas, conversa con los clientes, y a pesar de los 100 años, su memoria está intacta”, cuenta Laura, una de sus nietas. 

El sábado, Rogelio cumple un siglo de vida, y asegura que los espera tranquilo, en calma, seguro de haber vivido una buena vida, digna de ser contada. 
 

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