EDICIÓN IMPRESA

Una gambeta a la burla de los necios

Historia de vida.

Por Andrés Cottini

Especial para Sumario

 

Daniel se ata las zapatillas Reebook talle 33 y sale a la calle. Una calle diseñada para gente diferente a él, pero eso no es lo chocante. En realidad lo que enfrenta es más alto que el escalón del colectivo, o la parte alta de la góndola donde está el queso untable. Lo que enfrenta es la risa. La sorna, la burla de todo aquel que ve en lo distinto un chiste irresistible. Algo que los de su condición enfrentan día a día desde hace siglos. “Tal vez desde antes de los bufones en la Edad Media”, reflexiona Daniel Cervantes, el volante por derecha de la Selección Argentina de Talla baja y quien recibió un reconocimiento como Personalidad Destacada de la Municipalidad de Alta Gracia hace algunos días.


Daniel es oriundo de Alta Gracia, tiene 32 años, tres hermanos y padece acondroplasia, una alteración ósea de origen cromosómico donde todos los huesos largos están acortados simétricamente. Lo que se conoce, comúnmente, como “enanismo”. Si bien prefiere considerarse de “talla baja”, reconoce que no le molesta que lo llamen así. “Incluso muchos amigos me llaman enano y no me genera nada. Soy un envase chico”.

Un día en la vida
Cuando suena el despertador, Daniel lo apaga y se queda algunos minutos más en la cama. Finalmente se levanta, como todos, y va al baño. Uno de cada 25.000 nacimientos tiene que subir a un pequeño escalón para abrir la canilla del lavamanos y lavarse la cara. Pero él no. El orgullo lo hace trepar pero no subir a un banquito.Desde toda su vida vive en Barrio Cámara y si bien desde los 13 años tuvo varias parejas con mujeres “normales”, en este momento está soltero. Hace changas, así que -si tiene suerte- corta el pasto, limpia piletas o pinta casas con cualquier cantidad de escaleras. Se las arregla. Si necesita ir a Córdoba, depende de la voluntad del colectivero que se estacione cerca de la vereda. Sino, se las arregla. El supermercado es una travesía. Si necesita algo, aunque no le gusta, tiene que pedir ayuda. Si no, también se las arregla. Como cuando agarra cajones para hacerse un escalón improvisado y llegar a los productos más altos. 

La familia
La familia de Daniel es grande. De parte de la madre, tiene 14 tíos provenientes del campo y de chico pasaba mucho tiempo allá, en Calamuchita. Siempre fue tratado como un igual: “A mí, me decían algo así como ‘hacé lo que quieras. Fijate nomás cómo lo hacés’. Entonces, si quería subirme a un caballo, tenía que ingeniármelas para hacerlo”. A diferencia de otras familias con el mismo problema, como él bien sabe, no hubo sobreprotección sino más bien una motivación a que haga sus propias cosas. “Ellos me mostraron que yo tenía que aprender a salir a la calle y que no me duelan las cosas que me dicen porque nací así. Me enseñaron a mirarme a mí primero y después salir porque sino me iba a chocar contra la pared”. 

“Mirá, un enano”
Puede ser silencioso como una mirada fugaz. O incisivo como un grito seguido de bocina y carcajadas. O puede ser una tocada con un pulgar “porque es de buena suerte tocar un enano” o un “pobrecito el nene” de alguna señora que se escucha por ahí. Puede ser también una foto y que, inesperadamente, le salga el flash. “Me pasa que a veces me subo al colectivo en Córdoba y veo cómo la gente que está ahí saca una foto o filma. Me pasó que de repente se olviden de sacar el flash viste? ¿Y qué le voy a hacer? Si se quiere sacar una foto, que me la pida y ya”, dice con un poco de resignación en los ojos. “También me pasa que a los niños les llama la atención y dicen ‘Mirá mirá, un enano’. Y es normal, pero yo miro al padre y me pregunto: ‘¿por qué no lo educás? Y mucho más si estamos en grupo, imaginate”. Para ser enano, te tenés que armar de una gran coraza.

La coraza
“Desde chico, yo entendí que me tenía que hacer mi propio escudo”, reconoce. Justamente fue eso lo que le permitió seguir a pesar de muchas injusticias. Como le pasó una vez, que interpreta como uno de los más duros de su vida. “Un día voy a presentar un CV acá en Alta Gracia. Cuando lo doy me dicen ‘Bueno, déjame ver. Cualquier cosa te llamo’. El mismo día va un amigo y lo tomaron enseguida. Yo estaba capacitado para ese trabajo. Me dio mucha bronca e impotencia”. Esa misma bronca tenía con la gente que le gritaba cosas en la calle o a la salida del boliche. “Antes me iba a las manos. Me rodeaba con un grupo de amigos que me enseñó que me tenía que hacer respetar. En la calle pasa eso, es verdad. Ahora lo hago notar de otra forma”. 

El deporte
Hace algunas semanas, Cervantes fue reconocido como personalidad destacada por su participación en la Selección de Fútbol de talla baja pero el deporte para él siempre fue prioridad. “Soy una persona criada en base al deporte y la actividad física. Tengo un chip que me permitió elevar los niveles y saber hasta dónde puedo llegar. Para sentirme mejor yo, trato de no quedarme. De no decir ‘no puedo’. Busco las brechas para superar eso. Siempre jugué con personas normales y corro y trabo como cualquier otro”, explica y agrega:“No te tenés que quedar en la discapacidad, es lo que siempre digo. ¿Te cansas? ¡Seguí!”. Daniel no sólo forma parte de la selección sino que también intenta reunirse con otras personas de talla baja a quienes brinda consejos sobre la vida.


Si bien a todos lados donde va, Daniel lleva consigo la pesada carga de siglos de burla, caminar con él por la avenida. Belgrano es diferente. La gente lo mira, sí, pero también lo saluda y felicita: “Grande Dani. Me gusta mucho todo lo que estás haciendo”, le dice un amigo que  hace bastante que no veía y que lo sigue en Facebook. Si bien la calle no fue pensada para gente que mide poco más de un metro, se las arregla. La pisa sin miedo, sin vergüenza y le pone el pecho a cada instante.Como si, al fin y al cabo, la vida fuese su gran partido de fútbol.

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