Con la basura abajo de la alfombra

sábado, 22 de febrero de 2020 · 00:00

En un país donde cada uno de sus habitantes genera entre 1 y 1,5 kilos de basura por día, el tratamiento de los residuos sólidos urbanos sigue siendo un desafío colectivo que tiene más batallas perdidas que ganadas. En la provincia de Córdoba, la situación es crítica. Con el predio de Piedras Blancas colapsado, aún se esperan definiciones con respecto a la instalación de la planta de Cormecor para tratar los residuos sólidos urbanos. Un fallo desfavorable y apelaciones ante la justicia dilatan los tiempos. Mientras, la basura se sigue acumulando y parece no haber alternativas ni planes B por parte de los municipios que forman parte del ente. 


Ante esta perspectiva, la alternativa del reciclaje y la reutilización de los residuos, se presenta como la más atractiva y la única solución viable. Sin embargo, la falta de un régimen unificado que disponga reglas claras para la industria, la discontinuidad en las medidas, la escasa educación ambiental y los pocos controles y penalidades, hace que esta realidad sea bastante lejana.

Experiencias aquí y allá
Durante la década de 1980, Suiza se enfrentó a un desastre ecológico: todos los ríos y lagos estaban contaminados con nitratos y fosfatos, la tierra fue expuesta a metales pesados, y la gente generaba una enorme cantidad de basura mensualmente. Los suizos se dieron cuenta de que había un problema, y que debían ser aplicadas medidas urgentes. La clasificación de la basura en diferentes categorías parecía ser el método más eficaz. Se elaboraron unas nuevas normas, y no se hicieron excepciones: todo el mundo tenía que poner su basura en diferentes contenedores. Por ejemplo, con las bolsitas de té usadas, se tenía que hacer lo siguiente: la etiqueta al contenedor de basura de cartón, la propia bolsa al marcado como ‘papel’, las hojas té al de ‘compost’, la grampa metálica al contenedor de ‘residuos de metal’, y el hilo o cuerda a una bolsa marcada como ‘basura’. Podrá pensarse que esto debe haber sido una broma – pero eso es Suiza. Aquellos que no siguen las reglas tienen que pagar una multa.
La gente todavía puede tirar la basura en los contenedores de basura, pero deben pagar un impuesto por cada kilo de residuos. El valor oscila entre 2 y 3 euros, por unos 5 kilos de basura.


Un poco más acá, una experiencia en la ciudad de Buenos Aires, sigue el camino de premiar a los ciudadanos comprometidos con la gestión de los residuos. Desde 2019 los vecinos que separan los plásticos, vidrios, papeles, metales y telas de la basura, y los lleven a un punto de recepción de reciclaje o los depositen en los cestos de reciclables provistos por la Administración de sus edificios, pueden ganar premios, que van desde una recarga en la tarjeta SUBE hasta una bicicleta plegable.


Desde el ámbito privado, existen también diferentes iniciativas que buscan contribuir al medio ambiente, pero por supuesto, sin descuidar el bolsillo. En el Festival Mionca, que tuvo lugar en el pasado mes de enero, la empresa Coca-Cola realizó una campaña donde se cambiaban botellas de plástico por llaveros coleccionables. La compañía multinacional informó que está trabajando para reducir el uso del plástico a la mitad para 2025. Coca-Cola no es la única empresa que se ha comprometido a reducir sustancialmente su impacto al medio ambiente. Amazon presentó hace poco una campaña para reducir la contaminación global de su negocio a niveles neutros en menos de 30 años. En septiembre, se reveló que las marcas que lideran el cuidado del mundo eran Google, Siemens y Toyota. 


Todas las experiencias son válidas y aportan su grano de arena, pero se quedan a mitad de camino y no dejan de ser acciones aisladas que no abarcan el concepto final. 

Los ladrillos, no tan ecológicos, de Alta Gracia. 
El trabajo realizado por un grupo de jóvenes de Alta Gracia que fabrican ladrillos ecológicos a base de plástico pet, adquirió gran relevancia no sólo en la ciudad sino a lo largo del mundo. Esa labor fue premiada globalmente y a nivel local, se hicieron convenios con diferentes municipios y comunas para construir viviendas con este material. Sin embargo, y pese a la gran contribución desde lo social que tiene esta iniciativa, con respecto a lo ecológico, se queda a mitad de camino.  


“Los ladrillos ecológicos no entran en el concepto de economía circular” opina el ingeniero Adrián Buchini, especialista en reciclaje y miembro de una ONG ambientalista. La economía circular es un modelo de producción y consumo que implica compartir, alquilar, reutilizar, reparar, renovar y reciclar materiales y productos existentes todas las veces que sea posible para crear un valor añadido. De esta forma, el ciclo de vida de los productos se extiende.


En la práctica, implica reducir los residuos al mínimo. Cuando un producto llega al final de su vida, sus materiales se mantienen dentro de la economía siempre que sea posible. Estos pueden ser productivamente utilizados una y otra vez, creando así un valor adicional. Contrasta con el modelo económico lineal tradicional, basado principalmente en el concepto “usar y tirar”, que requiere de grandes cantidades de materiales y energía baratos y de fácil acceso. 


“Para que las cosas sean de alguna manera más armoniosas es importante que los productos que se reciclan vuelvan a ser esos mismos productos y no otra cosa, que una botella se recicle y vuelva a ser botella. El tema de los ladrillos ecológicos, se perfila más a una cuestión social, porque de ecológico no tiene mucho. Esos recursos no forman parte de un ciclo infinito, sino que van a parar a una pared, mezclado con otras cosas, y en un futuro eso va a ser muy difícil de volver a reciclar”, afirma Buchini.


“Cuando el día de mañana, todos estemos peleándonos por reciclar, va a ser muy difícil poder reciclar esas casas. Es como meter la basura debajo de la alfombra y no responde al concepto de economía circular para nada. Si se hace para solucionar un problema habitacional, de personas que no tienen casa, es una cosa, y es completamente válido, pero no hay que tomarlo como una bandera o como una salida ecológica porque está muy lejos de serlo”, agregó.

La concientización y el rol de las cooperativas
En opinión del profesional, la gestión del Estado en lo que al tratamiento de los residuos sólidos urbanos se refiere, debe ser más global, incluyendo políticas públicas que traten el tema de la recolección, como así también la concientización de los ciudadanos. “Los estados deben hacer hincapié en la concientización y, como ocurre en algunos países europeos, en un sistema de premios y castigos. Es importante que se entienda que no sólo hay que separar entre secos y húmedos, sino también por tipos de secos: diferentes plásticos, papales, etc.”, aseguró Buchini. 
Sin embargo, no sólo alcanza con que los vecinos separen su basura. El tema de la disposición final de los residuos es otra arista a tener en cuenta. “Los vecinos pueden separar, pero en general las personas no andan por tres lugares distintos para llevar su basura. Una buena opción sería triangular entre el Estado, cooperativas de reciclaje -que pueden ser los que recolecten la basura y sean el vínculo con los recicladores- y el ciudadano. Sería muy importante poder empoderar a las cooperativas para que cumplan este rol y se transformen en recuperadores urbanos”. 


En el mientras tanto, la generación de basura sigue creciendo a escalas descomunales, y la falta de políticas claras y concretas sólo avivan la llama de una problemática a nivel mundial.


Las iniciativas bien intencionadas, aunque aisladas y poco concretas, sólo sirven para esconder la basura debajo de la alfombra.


 

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Satisfacción
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16%
Incertidumbre
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Indiferencia

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