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El misterio del bastón

La huella voladora y el estoque escondido, dos pericias en la causa del crimen del cura Luis Cortés.
viernes, 2 de septiembre de 2016 · 13:27
Por Jorge Conalbi Anzorena
Director Periodístico 
 
El esperado juicio por el brutal asesinato del cura Luis Jesús Cortés se apoderará de la atención pública durante el próximo octubre. Allí, frente a un jurado popular, Edgar Ariel "Pinguchi” Díaz -único imputado por el crimen- ocupará el banquillo de los acusados en la sala donde se decidirá su suerte.
 
El sacerdote fue hallado muerto en su casa de 3 de febrero 12, el 29 de agosto del año pasado. La autopsia reveló que murió por asfixia mecánica producida por lazo. Sobre el cuerpo de la víctima había mantas y prendas quemadas, así como en buena parte de la vivienda. En el rostro golpeado del religioso, quedó estampada con ollín la huella de una zapatilla.
 
En su requerimiento de elevación de la causa a juicio, el fiscal Emilio Drazile sostiene que "Pinguchi” Díaz, fue a robar a la casa de la víctima, quien le habría abierto la puerta porque lo conocía, y que una vez adentro Díaz lo habría golpeado, reducido, maniatado, estrangulado para, finalmente, intentar provocar un incendio para ocultar el robo y el crimen. Drazile no descarta la participación de otras personas en el hecho.
 
En dos testimonios se basa el magistrado para sostener su acusación: uno es el del propio padre de "Pinguchi”, quien declaró que su hijo le confesó el domingo 30 agosto que él era el autor del crimen. El otro testimonio es el de Mario Borio -por entonces empleador de Díaz- quien declaró que el detenido le habría admitido la autoría del hecho durante una visita al penal de Bouwer: "No te creo”, dijo Borio que le respondió.
 
La huella voladora
 
En la pericia de Policía Judicial se sotiene que la huella de zapatilla en el rostro de la víctima "presenta similitud” con las del calzado secuestrado a Díaz, pero que no concuerda con las huellas halladas en piso de la escena del crimen. ¿Cómo llegó esa huella a la mejilla del cuerpo sin pasar por el piso de la casa?
 
En el mismo informe, la licenciada en criminalística Mónica Rizzi sostiene que no se puede identificar a qué pie pertenece ese rastro, ni señas de desgaste o anomalías, por lo que no resulta apto para hacer una peritaje con sustentación técnico analítico.
 
Por otra parte, la profesional informa que las huellas dactilares de Díaz no tienen correspondencia con las muestras obtenidas en la escena del crimen.
 
¿Un estoque?
 
En el expediente de la causa se da cuenta que el cura habría intentado defenderse tratando de sacar un estoque oculto en el interior de un bastón.
 
El cuerpo de Cortés fue hallado en el piso, con las manos atadas a su espalda con varias vueltas de cinta de papel. La infortunada víctima no soltó el bastón, cuyo mango se habría quebrado en un supuesto forcejeo. Ambas partes del bastón quedaron en las manos atadas del párroco.
 
Muchas preguntas surgen de la posición del cuerpo:
 
¿Por qué Cortés sostenía el bastón con las manos a su espalda?
 
¿Fue golpeado antes de poder sacar el supuesto estoque?
 
¿El agresor que lo golpeó de frente tuvo tiempo para dar vuelta el cuerpo y atarle las manos sin quitarle el bastón que sostenía?
 
Las marcas en el cuello de la víctima indican que fue estrangulado con una soga, también posiblemente desde atrás ¿Lo hizo el mismo atacante que golpeó y maniató al sacerdote?
 
Sin haberse realizado una reconstrucción del homicidio, llama la atención que una sola persona hubiera reducido al sacerdote, al menos de esa manera.
 
Sin haber declarado en la causa, el único imputado se enfrenta a una posible condena a cadena perpetua. El pasado 22 de julio este medio publicó una entrevista con Edgar Ariel "Pinguchi” Díaz, en la que negaba la autoría del crimen e incluso haber conocido a Luis Cortés. Sí admitió haber tenido las pertenencias robadas al religioso y prometió explicar en el futuro cómo las había obtenido.
 
En la instrucción de la causa hay varias pistas que -aparentemente- quedaron en el camino cuando la rápida detención de "Pinguchi” aplacó la presión social y política de un caso que había trascendido nacionalmente.
 

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