Opinión

Una democracia intubada

Por Federico Daniel Bossi. Abogado.
jueves, 2 de abril de 2020 · 15:42

Opinión.

Por Federico Daniel Bossi. Abogado.

Estoy mortificado por el avance del COVID 19, no solo por no estar exento de infectarme sino fundamentalmente por mis padres, por su edad y condición física catalogados “de riesgo”.

Ese mismo estado de ánimo puede potenciarse en algunas personas, llevándolas al pánico. Cuando tal condición afecta a una mayoría ciudadana, históricamente es habitual que las sociedades consientan restricciones a derechos que normalmente consideran fundamentales o irrenunciables. Esto sucede incluso en países con tradiciones democráticas mucho más afianzadas que la nuestra: en Estados Unidos, después del 11-S, un pueblo aterrorizado por el extremismo islámico aprobó en un 55% la sanción de la Patriot Act, ley que facilitó una intromisión inaudita del estado en la intimidad de los ciudadanos y de cuyos efectos hasta hoy se arrepienten los norteamericanos; la popularidad del presidente Bush alcanzó el 90%, según las encuestas de entonces.

Todas las Constituciones contienen institutos excepcionales de restricción de derechos ante determinadas condiciones previamente descriptas (en la nuestra, el “estado de sitio”, que debe decidir el Congreso y en receso de éste el Ejecutivo). Sin embargo, el pánico nacido de haber tomado conciencia de algo tan evidente como la propia finitud ha determinado la claudicación de personalidades que, hasta ayer nomás, se autopercibían omnipotentes. El Parlamento no funciona no obstante estar abierto el período de sesiones ordinarias, el presidente del bloque mayoritario del Senado (el obeso senador Mayans, paradojalmente de Formosa donde no hay ningún enfermo) enseguida advirtió que todos o casi todos sus integrantes son personas mayores y por ende, no iban a concurrir al recinto. Así, el nuevo e impensado líder gobierna por decreto de necesidad y urgencia (algo ilegal porque el Congreso no está impedido de funcionar), decidiendo qué es lo mejor para todos en base a un consejo de notables convocados por el Ministro de Salud, para quien el COVID era una preocupación menor que el dengue y de quien solo cabe esperar alguna mejor idea que no sea prohibir el sexo para evitar el HIV. De la oposición nadie sabe nada. La Corte Suprema de Justicia cerró los Tribunales, dejando algún que otro juzgado “de feria” pronto a rechazar sin mayor estudio cualquier reclamo judicial. En Córdoba la primera claudicación fue la del Poder Judicial y la Legislatura Provincial, bien gracias.

El abandono en estampida de todos aquellos con responsabilidades en instituciones que en democracia controlan y limitan los abusos del poder (jueces y legisladores, para ser claros) ha permitido que por decreto se confine a ciudadanos en sus domicilios y que para circular necesiten de un “permiso” que deben tramitar en la web, quedando la decisión de su otorgamiento no se sabe en quién, quizás de una computadora. Los gobiernos han empoderado y azuzan a sus Policías (en Perú se ha llegado a eximirlos de cualquier consecuencia penal por sus actos), y éstos salen a “aplanar la curva” cazando ciudadanos cuyo único delito es ejercer sus derechos humanos (transitar, trabajar, disponer de su patrimonio como quiera, profesar un culto si es que llega a encontrar algún cura) y junto con inspectores de tránsito pueden según su arbitrio privarlos de sus vehículos -“definitivamente” se han preocupado en recalcar –. El Ejército ha sido enviado con uniformes de combate a La Matanza teóricamente a repartir raciones de comida, pero siendo que existen innumerables empleados públicos ociosos es evidente que su despliegue es una disuasión para cualquier reclamo social; no se entiende sino que no estén también en la paupérrima y afectada provincia de Chaco. La prensa influye en los ciudadanos para que aplaudan a recolectores de residuos o empleadas de supermercados y que nadie se moleste en reclamar funcionen el Parlamento y la Justicia, como si los primeros fueran héroes sacrificables y los segundos imprescindibles (quizás para cuando ya no se los necesite).

Dos profesores de Harvard en el libro “Cómo mueren las democracias” advierten que, a diferencia de lo que ocurría antes, no hay un día y hora exacta en que pueda establecerse su defunción, sino que éstas desaparecen deslizándose paulatina y a veces imperceptiblemente hacia el autoritarismo, por la rendición de aquellos que deben limitar a los líderes, generalmente por sentirse amenazados por algo o alguien. Ejemplos sobran: Fujimori, Chávez, Erdogan, Putin, Orban, etc.

Hoy es la democracia quien está asfixiándose e intubada. Cuidémosla y ojalá se recupere rápido.

 

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